El espectro de un eje China-Rusia-Irán sigue rondando a expertos y responsables políticos desde Washington hasta Westminster, Tel Aviv e incluso Tokio.
Unidas por un adversario común —Estados Unidos— e impulsadas por un resentimiento compartido hacia el orden mundial centrado en Occidente, estas naciones autoritarias se han unido para liberarse de la contención estadounidense, forjar esferas de influencia que desafíen la hegemonía estadounidense y reemplazar el sistema global actual por uno multipolar. O al menos eso es lo que dice la historia.
En abril, el presidente de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, Mike Johnson, declaró que "Xi, Putin e Irán son verdaderamente el eje del mal" y están "coordinando sus acciones". Desde entonces, otros miembros del establishment estadounidense han hecho eco de los sentimientos del presidente. La comunidad analítica ha modificado la terminología de la era de George Bush y, en lugar de advertir sobre un "eje del desorden", una "alianza impía", un "eje de autocracia" o una "legión de la perdición", ha dicho que se trata de un "eje de desorden". A veces se añade Corea del Norte a la mezcla.
Los temores en torno a la creciente cooperación entre estos países y su potencial para alterar el status quo ciertamente no son infundados.
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