Cuando el presidente francés Emmanuel Macron aterrizó en El Cairo la semana pasada, la fuerza aérea egipcia escoltó su avión en aviones de combate Rafale de fabricación francesa, no en aviones J-10 chinos.
Desde septiembre, internet ha estado inundado de rumores sobre la llegada de los cazas J-10 de cuarta generación de China a la fuerza aérea egipcia. El South China Morning Post escribió: «La supuesta compra de aviones de combate chinos por parte de Egipto es una señal de la creciente influencia de Pekín en Oriente Medio». Incluso el principal centro de estudios británico, Chatham House, recogió la noticia, presentando la noticia como un recordatorio de que las tácticas de la Guerra Fría han vuelto.
A finales de febrero, el portavoz del Ministerio de Defensa chino, Wu Qian, se vio obligado a intervenir para aclarar la situación, afirmando: «Es incoherente con los hechos. Noticias totalmente falsas».
La relación de Egipto con China se ha vuelto lo suficientemente profunda y compleja como para que la historia del J-10 haya adquirido un aire de credibilidad.
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