QAMISHLI/RAQQA — En un brillante y soleado día de finales de noviembre, cientos de estudiantes universitarios celebraron su graduación entre vítores y canciones patrióticas en un recinto ferial de la ciudad de Qamishli, en el noreste de Siria , de mayoría kurda. En escenas típicas de todo el mundo, los recién graduados, con togas color ciruela, ondeaban sus diplomas con una mano mientras lanzaban sus birretes al aire con la otra. El júbilo era contagioso, el orgullo que emanaba de sus seres queridos, abrumador.
¿Pero qué sigue? Es una pregunta urgente. Las credenciales recién recibidas de la Universidad de Rojava, o Kurdistán Occidental —establecida en 2016 por las autoridades kurdas— no son reconocidas por el gobierno central de Damasco y, por lo tanto, tampoco fuera de Siria.
Khalil Hamdi, quien se graduó de médico tras seis años en la Universidad de Rojava, afirmó que no le inmutaba no poder ejercer su profesión fuera de la región. "Hago todo lo posible por mi gente y tarde o temprano mi certificado será reconocido. Tuvimos una verdadera revolución aquí", declaró Hamdi a Al-Monitor.
Las disputas sobre la educación son sólo la punta del iceberg.
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